Lola Montez: La bailarina que hizo abdicar al Rey

Dic 14 2015

Lola Montez: La bailarina que hizo abdicar al Rey

La biografía de la bailarina Lola Montez (o Lola Montes) no deja indiferente a nadie. Fué la única bailarina que consiguió que se tambaleara todo un reino: el de Baviera. Enigmática y sensual, su verdadero nombre era Dolores Eliza Gilbert, originaria de Limerick (Escocia). Fue hija de un oficial militar británico y de una dama escocesa aficionada a los bailes más o menos españoles.

A los quince años, miss Gilbert se inició como aventurera universal huyendo de un internado para señoritas con el amante de su propia madre: el capitán y tahúr Thomas James. La fuga fué por barco y, tras un primer encuentro sexual en el camarote (sería la pérdida de la virginidad para Lola), el capitán del barco los casó y acabaron viviendo junto al cuartel de Thomas en Calcuta.

A los veintidós años, sola y abandonada por su esposo en la India, decidió volver a Inglaterra, donde conoció a Fanny Kelly, quien la animó a convertirse en bailarina y quien la transformaría en Lola Montes.

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Debutó en Londres en 1845, con la falsa identidad de bailarina española, creando un éxito considerable. Sin embargo, poco tiempo después, su verdadera identidad como mujer de teniente se descubrió, y Lola se mudó a París para empezar de cero su vida artística.

En la capital francesa, Lola empezó a ser más conocida por sus affaires amorosos y sus servicios de cortesana que por su talento artístico como bailarina. Se dice que bailaba desnuda, despojada de medias y maillots y con el único acompañamiento de unas castañuelas, para deleite del personal masculino presente en los teatros.

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Buscando un nuevo éxito artístico, Lola viajó a Munich en 1846, donde después de actuar por primera vez, fué despedida. Sin pensárselo dos veces, decidió llamar a las puertas de palacio para mostrar su indignación. Reinaba Ludwig I de Baviera, quien favorecía las artes, escribía sonetos ripiosos, barajaba amantes y arruinaba al país. Ante él bailó Lola “descalza de pies a cabeza” (según un ingenio chismoso de la corte). Se cuenta que, según acabó, Ludwig le besó los pies, mandó que la retrataran y le concedió todo lo que quiso a partir de ese momento (empezando por actuaciones en el mejor teatro de Munich). Se convirtieron en amantes. El affair con el rey supuso a Lola la oportunidad de convertirse en baronesa de Rosenthal y luego en Condesa de Landsfeld, para rabia y humillación de la condesa Estefanía, degradada a ex favorita. Fué ella quien empezó a intrigar contra “la bestia gitana que había embrujado al monarca y arrastraba al país al abismo”. Su batalla contra Lola se manifestó mediante pactos y acuerdos para alzarse contra el rey.

Los excesos del monarca y el ruidoso romance con la bailarina acabaron por exaltar al pueblo. Finalmente, el 19 de febrero de 1848 se inició una revuelta burguesa y popular de tal calibre que a Ludwig I no le quedó más remedio que abdicar, y a Lola, retornar a los tablaos europeos.

Lola mantuvo sus títulos nobiliarios, lo que le valió para establecerse en los Estados Unidos de América y seguir trabajando como bailarina, utilizando su histórica popularidad para moverse por la alta sociedad estadounidense y escribir sus memorias.

Sus últimos años no son muy claros; algunos escritos narran que pasó sus dos últimos años como indigente en las calles y que murió de neumonía. Otros, que siguió viviendo en su mansión neoyorquina hasta que, un día de enero de 1861, su servicio la encontró muerta.

Según escribió un gacetillero inspirado, murió “desnuda y con las castañuelas puestas”.

Nadie reclamó su cuerpo. En su lápida se la identifica como Eliza Gilbert. Lola Montes quedaría solamente en el recuerdo de aquellos que la conocieron.

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